Montrrey: la necesidad de definir y definirnos

Corina Giacomello

Ayer el día no siguió igual: un adolescente disparó a su maestra y a tres compañeros, para después suicidarse. Lo anterior aconteció en una escuela particular de Monterrey.
La sociedad está, con justa razón, consternada. ¿Dónde colocar los hechos, cómo volverlos inteligibles sin caer en la provocación, sólita y comprensible para quienes vivimos en México, de acariciar el asombro para guardarlo, junto con otros más, en la valija de la costumbre y del miedo latente?
Es una tragedia que un joven - o cualquier persona – se suicide. Es una pérdida para la humanidad, tal vez un fracaso más de nuestros vanos intentos de felicidad en la época de lo que Bauman, recién fallecido, define como modernidad líquida.

Resulta difícil comprender los hechos; el acontecimiento en una escuela de la elite cimbra nuestras categorías y “la violencia” se traduce ya en una “amenaza” hacia nuestros hijos y nuestras frágiles certezas. Además, infunde miedo y dudas sobre las tendencias de nuestros jóvenes y el temor de que también las escuelas de México se conviertan en posibles teatros de muerte, como en Estados Unidos.

Sin duda habrá que voltear a ver al joven y a su entorno para entender por qué llevó el arma de su padre a la escuela y decidió usarla contra su maestra, sus compañeros y si mismo. Pero debemos reflexionar también sobre problemáticas sociales que nos acechan y para las cuales debemos estar preparados: la violencia en las escuelas, la soledad de los jóvenes en el seno de las familias y la normalización de la violencia. No sólo de la violencia de “los narcos” y de “los ajustes de cuenta”, sino de la violencia armada privada. Al igual que la proliferación de asaltos armados en las Colonias Roma y Condesa, por ejemplo, el caso de Monterrey nos enfrenta a una disponibilidad de armas y a una familiaridad con la letalidad propia o ajena.

Esto nos lleva a dos consideraciones obligadas. La primera, urgente ante la inminente toma del poder de Donald Trump en los Estados Unidos, tiene que ver con la presencia de las armas, y la necesidad de enfrentar de manera decidida este elefante blanco en la próxima redefinición de la relación de México y los Estados Unidos.

La segunda tiene que ver con la centralidad de la infancia y de la adolescencia, un tema también pendiente. Si bien contamos con un sólido marco legislativo que, recogiendo los principios de la Convención sobre los Derechos del Niño, coloca a las niñas y niños en el lugar que les corresponde, es decir, como sujetos titulares de derechos cuya opinión debe ser escuchada y tomada en cuenta, distamos todavía, como sociedad y como familias, de saber cómo traducir este marco conceptual y normativo en acciones.

Se asoma frente a nosotros un año complejo; el inicio ha sido lleno de retos y otros están por venir. Esto puede desanimarnos, hacernos sentir que no podremos enfrentar una prueba más. Sin embargo, no sólo lo podemos hacer, sino que tenemos la obligación de hacerlo. Desde la academia debemos redoblar nuestras investigaciones sobre infancia y adolescencia, por un compromiso moral con nuestra sociedad y un deber ético como servidores públicos. No se pueden general políticas públicas sin fundamento en el conocimiento científico: es nuestra responsabilidad generarlo.

En las escuelas deben reforzarse los trabajos con las niñas y niños en contra del bullying y de la violencia, pero sobre todo con las familias, generando mecanismos de involucramiento de las mismas con sus hijos, y, a su vez, de la escuela con la familia, para poder detectar las problemáticas de cada núcleo.

Asimismo, se requiere poner sobre la mesa el tema de las armas, ya no como un asunto de relaciones internacionales o de “delincuentes” vs el Estado, sino de definición de ciudadanía. Necesitamos definir qué sociedad queremos ser, y en esto confluyen temas como la violencia, la convivencia, y la niñez que pretendemos contribuir a construir.